La Profecía de Artigas y el destino del Paraguay: Entre la redención y la intervención, 3.04.1812

Si la acción general se pierde, si éste grande, si éste único esfuerzo de los americanos no tiene otro objeto que verter su sangre y hacer con sus cadáveres un monumento a la gloria de los tiranos, ¿de qué servirá a la Provincia del Paraguay haberse mantenido a la defensiva? El gemido y el llanto llenarán toda la América y su inundación llegará precisamente a ese territorio, el estruendo de las cadenas volverá a resonar en todas partes y ese sabio Gobierno se verá en la precisión de sentirlo en torno a sí sin poderlo remediar ya”.  

(Artigas a la Junta de Gobierno del Paraguay, el 3 de abril de 1812, proponiéndole una alianza, que será rechazada, para defenderse de la prepotencia del Directorio unitario porteño).

La Profecía de Artigas: Entre la redención de 1812 y la “civilización” de 1862

3 de abril de 1812: El grito desde el Ayuí

Hoy es una fecha fundamental para la historia americana. En el campamento del Ayuí, un José Artigas rodeado de su pueblo lanzaba una proclama que trascendía lo militar para convertirse en una visión de futuro. En aquellos documentos —que hoy podemos rastrear en los tomos del Archivo Artigas— quedó grabada su profecía:

“La cuestión es solo entre la libertad y el despotismo. Nuestros opresores, no por su valor sino por nuestra desunión, han triunfado… pero el día de la redención de América se acerca.”

Para el “Protector”, la redención no era un concepto vacío; era la soberanía plena de los pueblos y la unión continental, con una mirada siempre puesta en la hermandad con el Paraguay. Sin embargo, la historia nos muestra que el cumplimiento de esa profecía comenzó a vislumbrarse de una manera muy distinta medio siglo después.

El contraste histórico: La visión de 1862

Es impactante observar cómo la idea de “ayudar” a los pueblos americanos se transformó. El 26 de diciembre de 1862, el diario “El Nacional” de Buenos Aires publicaba párrafos que contrastan violentamente con el ideal artiguista:

“Tenemos la obligación de ayudar al Paraguay, obligando a sus mandatarios a entrar en la senda de la civilización.”

Estas palabras, firmadas por Domingo Faustino Sarmiento, marcan el inicio de una etapa donde la “redención” ya no se buscaba en la libertad de los pueblos, sino en la imposición de un modelo externo. Mientras Artigas soñaba con una América unida por la voluntad popular, la generación de 1860 preparaba el terreno para la intervención, utilizando la “civilización” como excusa para la tutela política.

El cumplimiento de la profecía comienza a vislumbrarse medio siglo después. El 26 de diciembre de 1862 en el diario “El Nacional” de Buenos Aires, ya se leen párrafos como éste: “tenemos la obligación de ayudar al Paraguay, obligando a sus mandatarios a entrar en la senda de la civilización”. Lo firma Domingo Faustino Sarmiento.

Son los mismos enemigos y detractores de Artigas, los que obligaron su exilio en la generosa tierra paraguaya. Aún más generosa desde que don Carlos Antonio López fue proclamado primer presidente, y lo llevó a vivir a su lado.


Sí, son sus mismos enemigos: la monarquía lusitana aliada al partido Unitario porteño. El mismo que, tras la imposición de la Constitución federal argentina de 1853 (de hondas raíces artiguistas), debió renunciar a su denominación de “unitario”. Y está satisfaciendo ansiosa revancha bajo su flamante título de “Partido Liberal”. Cambio de collar pero no de colmillos. Y con su vieja pasión por “civilizar”. Ayer a la Banda Oriental, a Santa Fe, a La Rioja. Ahora toca el turno a Paraguay.


Civilizar al Paraguay que es la nación más alfabetizada de América del Sur, con más de 4000 escuelas públicas y 24.000 alumnos que recibían gratuitamente los textos impresos en el país y donde todo sargento debía oficiar de maestro de primeras letras en los cuarteles. Donde se cultivaban el algodón y el tabaco originarios de Virginia, la vid de Normandía, la caña de azúcar de Java. Único país sudamericano que conoce el telégrafo, los ferrocarriles, los altos hornos, los astilleros. De éstos han salido nueve de los doce barcos que hacen la carrera Asunción – Buenos Aires, otros llegan a Europa. Y algo insólito para los imperialistas, intolerable: única nación latinoamericana que no tiene deuda externa, sus exportaciones duplican las importaciones.

Que prospera en paz desde 1811 (cuando derrotara al cuantioso ejército que enviara el Directorio porteño), bajo un paternalismo socioeconómico que vino a calzar justamente en el súbito vacío que dejara la civilización jesuita.

Que ha tenido fortuna de ser gobernada por dos sabios y honestos administradores: el misógino José Gaspar Rodríguez de Francia y, a su muerte, don Carlos Antonio López. Francia, vocal de la Junta de Gobierno cuando la premonitoria advertencia artiguista de 1812, continuará ignorándola luego como gobernante absoluto, confiado en su espléndido aislacionismo. López, un par de veces intenta salir de él. Pero ambas constituyeron fatídicas decisiones. En 1845 envía tropas a Corrientes, al mando de su primogénito Francisco Solano, a luchar junto al ejército unitario de Paz contra Rosas. Y en 1859 volverá a enviarlo, ésta vez como mediador, salvando a los unitarios-liberales de Mitre de los federales de Urquiza tras la batalla de Cepeda

Al rescatar este post hoy, no solo recordamos un aniversario más de la proclama en el Ayuí. Ponemos frente a frente dos modelos de ver nuestro continente: el de la libertad soberana y el de la obligación impuesta.

A más de dos siglos de aquella profecía, la pregunta sigue vigente: ¿En qué etapa de esa redención nos encontramos hoy?

El documento pueden visualizar online en la Colecciòn Artigas tomo 8 pag 117 digital, aquì https://archive.org/details/tomo-8/page/104/mode/2up