“En lo reciente, desde el campo de los estudios culturales y los estudios transnacionales, nuevas investigaciones buscaron analizar aquello que llaman “diáspora uruguaya”. Todas ellas comparten el esfuerzo por des- pegar esta noción de las experiencias asociadas unilateralmente al “exilio” para incorporar la compleja heterogeneidad que incluye la emigración de periodos anteriores y posteriores a la dictadura, los vínculos transnacionales que tienen lugar y conectan distintos espacios colectivos, y las interacciones con diversos agentes o actores sociales, culturales, políticos y estatales (Trigo, 2003; Moraes Mena, 2007; Moraes, 2010; Sosa González, 2009; Sosa González; Ferreira, 2013).
En su conjunto, estos trabajos revelan productivamente muchas de las tensiones, fundamentalmente en términos de lugar de residencia, generación y género, que atraviesan a la emigración uruguaya radicada en distintos países del mundo y los modos en que éstas condicionan las relaciones entabladas con las recientes políticas de vinculación implementadas por el Estado uruguayo.
El término diáspora, en el contexto de las migraciones uruguayas contemporáneas, comenzó a difundirse desde la década de los `80 con la publicación de los primeros trabajos de Adela Pellegrino sobre la salida de uruguayos al exterior, y es en las esferas académicas e institucionales en las que se comienza a asignar significados a la “diáspora uruguaya”, con contenidos relacionados con: ciudadanía y participación política, vinculación y pertenencia nacional.
Frecuentemente a las poblaciones “territorializadas” o “trasnacionales” se le conoce como diáspora, un término que en sentido estricto significa pueblo disperso.

Como ha sido señalado por distintos autores, las definiciones clásicas del término “diáspora” remiten a la dispersión de un grupo de personas –con un origen territorial común– en virtud de un hecho masivo y traumático que explicaría por sí mismo algunas de sus características. Entre ellas, los sentimientos de lealtad hacia el origen, el anhelo de retorno, las resistencias a la asimilación completa en los lugares de destino y la persistencia de las identificaciones colectivas a través de varias generaciones.
Mientras que el origen del término diáspora connota un sentido de pérdida, un anhelo de regresar y un sentido de persecución (asociada con experiencias como las de las diáspora judía, armenia o africana), el término ha sido adoptado cada vez más por miembros de diferentes formaciones sociales que lo utilizan como una herramienta de auto identificación, útil para promover la autoestima colectiva y el orgullo de la cultura original.
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en la Conferencia Ministerial sobre la Diáspora de junio de 2013, ha expresado lo siguiente:
“En un mundo caracterizado por una creciente movilidad e interconexión, las diásporas han asumido una gran importancia en el diálogo mundial sobre la migración. En el siglo pasado la migración registró un aumento en cuanto a cifras y diversidad y actividades de las diásporas en la vida social, cultural y política en sus países de origen y de acogida. En muchas partes del mundo se reconoce cada vez más que las diásporas son agentes claves, no solo en los asuntos nacionales, bilaterales y mundiales, sino también en la relación entre la migración y el desarrollo. Su potencial como “puentes” entre las sociedades y los países se reconoce ampliamente (…) y ha sido puesto de relieve en di- versos foros internacionales”.
La diáspora uruguaya presenta, entre otras características, una voluntad manifiesta implícita de acompañar de cerca la evolución de la realidad uruguaya. Este interés se expresa en la búsqueda permanente de información de lo que ocurre en Uruguay, muchas veces canalizada a través del creciente número de organizaciones que actuaron de nexo entre las distintas colectividades de emigrantes y el país, unido al interés expreso de la nueva administración del Estado sobre el tema, a partir de 2005.
La nueva política de vinculación, que el Estado impulsó desde esos tiempos, no implicó “una acción unilateral y jerárquica, sino una respuesta a demandas del propio conjunto de emigrados, siendo un proceso dinámico que tomó formas diferentes en cada colectividad de uruguayos y dentro de ella, en sus individuos. Desde las Asociaciones y Organizaciones de uruguayos en el exterior, junto a los Consejos Consultivos creados a partir del año 2005, todos reconocidos por las leyes correspondientes, ha- bían sentido con aquella política iniciada un sentimiento de pertenencia, involucramiento y participación con el país de origen que demostraba que en mayor o menor medida tuvo anclaje, porque estaban generadas las bases para que así fuera.”
Lo cierto es que ha movilizado a un número importante de esta población diaspórica con un claro propósito desde el gobierno; de hacerlos parte, escucharlos y propiciar diferentes modos de participación, llegando a la propuesta del voto epistolar 2009, inicialmente; ahora con impulso más generalizado hacia el voto consular.
Existe una diáspora uruguaya, que es cuantitativamente relevante en relación con el tamaño de la población del país, y hay un importante contingente de uruguayos, aunque aún no bien cuantificado, vinculado con los proyectos del país.
Se señalaba la capacidad de estos uruguayos “diaspóricos” de vivir en dos contextos culturales simultáneamente, si bien ésta es una “cualidad” que deben desarrollar todos los migrantes para poder adaptarse y hacer llevadera la vida fuera de su lugar de referencia, el uruguayo tiene una manera muy particular de recrear, reafirmar y elaborar su vínculo con el país de origen, sin por ello dejar de involucrarse con el país de residencia.
Desde su inicio, la gestión de Tabaré Vázquez (2005-2010) marcó una diferencia respecto de lo que hasta entonces había sido la relación entre el Estado y “los uruguayos por el mundo”.34 A poco de asumir, Vázquez envió un proyecto de ley para establecer el voto desde el exterior y lanzó el Programa “Departamento 20” 35, en cuyo marco funcionan los Consejos Consultivos (CC), definidos como instancias ciudadanas y soberanas de “colectividad uruguaya en donde sea que esté y en particular si existe en el lugar una representación del Servicio Exterior” (cf. Mac Lennan, 2011).
Con la ascensión de un nuevo partido político a partir de las elecciones del 2004, el Frente Amplio –partido no tradicional que alcanza por primera vez la administración del gobierno en el 2005– propone una política de revinculación con la diáspora que, aunque retoma algunas iniciativas anteriores, se propone fuertemente reestablecer su vínculo con los grupos de emigrados de una forma sistemática, regular y amplia.
El nuevo gobierno que asumió en 2005 percibió que había suficientes indicadores como para implementar esa nueva política.
El siguiente fragmento de un folleto informativo sobre el Departamento 20, publicado en la época de Portillo, que esboza rasgos generales considerados positivos en las comunidades uruguayas del exterior a las cuales apuntarían aque- llas políticas de vinculación, ejemplificando lo antedicho:
[…] uno de los aspectos más interesantes de esta migración es la significativa lealtad hacia el Uruguay de buena parte de esta diáspora. Una lealtad que se ha expresado en variadas y permanentes acciones de solidaridad con el Uruguay, una fuerte movilización para hacer posible el reconocimiento de sus derechos políticos para ser ejercidos extraterritorialmente, y la frecuencia de las visitas y comunicaciones con la familia y comunidad de origen.
Uno de los aspectos más característicos del comportamiento de la diáspora, que se resalta en numerosos documentos y estudios, es el vínculo que los uruguayos diaspóricos mantienen por diferentes vías con el país.
Vamos a mirar ahora el mapa, no el territorio. Y el mapa que vemos a continuación son los orientales uruguayos que están diseminados por el mundo, además de los 3 millones y medio que aproximadamente están en Uruguay; o sea: los uruguayos somos más de 4 millones.
El Censo de Población y Vivienda de 1996 registró 3.151.662 personas que durmieron en el país la noche anterior. Adela Pellegrino37 manifestó que las causas del fenómeno migratorio en la actualidad son “el desempleo, el problema de la inserción de los jóvenes en su sociedad, la ausencia de educación como un mecanismo de movilidad social, y una fuerte demanda llamadora desde los países desarrollados que necesitan mano de obra calificada”. En aquel entonces dijo que haciendo una estimación las cifras podrían situarse unas 350.000 personas, en aquel momento representaba un 12% de la población total.
No hay estadística capaz de conocer fehacientemente si este mapa de los uruguayos que emigraron, que se difundió hará una década, es un real reflejo de las migraciones de los orientales, pero consideramos que es un marco gráfico cercano a lo que es su distribución real.
